"Estaba sentado el príncipe. En la larga habitación de su mansión mirando fijamente a su primogénita.
Cuando esta, ya no habiendo podido aguantar más la intriga de por qué él, que tanto poder tenía la eligio a ella para ser su consejera y aún más.. quién demonios era exactamente él.
-Príncipe.., es solo un título y nada más, aún no me has dicho tu nombre, ni por qué me habeis elegido a mí la mujer de un pobre alcalde de vuestro gran feudo.. - la joven calló al ver que el príncipe se acercaba hasta ella.
El príncipe, un joven alto de cabellos rubios, ojos verdes y sonriza blanqucina la miró, se arrodilló hasta quedar a la altura enque sus ojos estuvieran frente a los suyos.
-No seas tan modesta mí joven ventrue, sé que seduciste al alcalde para que te hiciera su esposa porque buscabas el poder, no te preocupes mi pequeña vastaga lo que tu has sufrido durante estos 50 años lo he sufrido yo durante quinientos.. - el príncipe extiende la mano y acaricia la pálida cara de la joven - Te he elegido a tí porque en cuanto te ví supe el potencial que tenías. No te preocupes no eres mi presa, te ofrezco todo lo que siempre has anhelado:
poder. A cambio serás mi esposa, para no levantar sospechas, mi consejera y mi amada, cuidaras de mí cuando yo ya no pueda controlarme y matarás a los que intenten tocarme. Oh, por favor quita tu cara de sorpresa, no te preocupes se que lo harás bien. - el príncipe acerco sus labios a los de la joven - y con este beso queda sellado nuestro trato. - él joven se levanta y pasea por la enorme habitación.
- Pero.. y.. ¿vuestro nombre?
- Ten paciencia, escucha este pequeña historia, ahora lo sabrás.
El príncipe fue hasta la pared y de un viejo cuardo saco unas hojas gastadas apenas unidas entre sí.
"Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano vivía un monstruo sin nombre. El monstruo deseaba un nombre, y lo deseaba tanto que apenas podía pensar en nada más.
Un buen día, el monstruo emprendió un viaje para buscar el nombre que tanto anhelaba. Pero el mundo es demasiado grande, y, por ello, el monstruo decidió dividirse en dos. Una mitad se fue al este. Y la otra, hacia el oeste.
La mitad del monstruo que había ido hacia el este encontró pronto una aldea.
"Oye, herrero, quiero que me des tu nombre", lanzó el monstruo.
"¿Pero qué tonterías dices? No pienso dártelo", replicó el herrero, incrédulo.
"Si me das tu nombre, me introduciré en tu cuerpo y te otorgaré toda la fuerza que te falta", prometió el monstruo.
"¿En serio? Bueno, pues si de veras vas a hacerme más fuerte, adelante, es tuyo", respondió el herrero.
Entonces, el monstruo se introdujo en el cuerpo del hombre. A partir de ese momento, el monstruo se convirtió en Otto el herrero. Otto era el más fuerte de la aldea. Sin embargo, un día...
"Mírame... mírame... ¡Mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!"
Grush, grussh, ñam, ñam, gruupmf, grupmf... ¡plaf!
El monstruo, que tenía mucha hambre, se había ido comiendo al herrero por dentro hasta acabar con él. Y así fue como se quedó otra vez sin nombre.
Al poco tiempo lo intentó de nuevo con un zapatero llamado Hans, pero...
Grush, grussh, ñam, ñam, gruupmf, grupmf... ¡plaf!
Al comérselo, volvió a quedarse sin nombre.
Lo intentó también con un cazador llamado Thomas, pero...
Como era de esperar, se lo comió también, y volvió a quedarse sin nombre.
Al final, el monstruo decidió buscar un nombre en el interior del castillo.
"Si me das tu nombre, pequeño, yo te haré fuerte como un roble", le dijo el monstruo al príncipe del castillo.
"Si logras que me recupere y me haces un niño sano y fuerte, mi nombre es tuyo", replicó el príncipe enfermo.
Y así fue como el monstruo se introdujo en el interior del príncipe. Y éste se curó milagrosamente.
El rey estaba de lo más contento.
"¡El príncipe se ha curado! ¡El príncipe se ha curado!", se regocijaron todos.
Al monstruó le gustó el nombre del príncipe. Y la vida en el castillo le gustó también. Por eso, y aunque se moría de hambre, hizo esfuerzos por contenerse. Un día tras otro, cuando el hambre le acechaba, el monstruo se contenía y esperaba paciente a que pasara.
Pero un día el hambre era tan acuciante que el monstruo no pudo más.
"¡Mírame, mírame, mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!"
Y entonces se comió al rey y a toda la corte de una sentada.
Grush, grussh, ñam, ñam, gruupmf, grupmf... ¡plaf!
Paso el tiempo, y el príncipe andubo y andubo.
Un día, el principito huérfano se encontró a la otra mitad del monstruo que había ido al oeste.
"Ya tengo nombre, ¿sabes? Un nombre muy bonito."
Entonces, le dijo el monstruo del oeste al príncipe: "¿Para qué sirve un nombre? Sin nombre también se puede ser feliz. Míranos a nosotros. Somos monstruos sin nombre."
Y con estas palabras, el monstruo del este se comió al del oeste...
"Cuando por fin había conseguido un nombre... no tengo a nadie que me llame para recordármelo... con lo bonito que es mi nombre... Johan...".